El vértigo de la hoja en blanco antes de arrancar un proyecto inmobiliario y cómo se resuelve
La incorporación de espacios abiertos, dobles alturas, terrazas, patios, es consecuencia de la evolución del cambio de ritmo.
27 de febrero de 2026
20:50
4 minutos de lectura
Federico Brancatella
La arquitectura moderna crea espacios centrales que organizan todo el proyecto y prioriza lugares que realmente se habitan como estares, comedores y expansiones.
Cuando me preguntan “¿cómo surgió la idea para tal o cual proyecto?” me parece relevante explicar que en mi visión de la arquitectura las ideas no “surgen”, no aparecen en un manantial de inspiración,
las ideas se construyen a través de un proceso analítico en el cual está involucrada la creatividad, sí, pero como una herramienta de trabajo más entre muchas otras.
A diferencia del ejercicio de cualquier rama del arte, nuestra profesión requiere de problemas concretos para justificarse. No hay arquitectura sin un problema a resolver. Y esta resolución de problemas comienza mucho antes de plasmar las ideas con un lápiz sobre un papel. Empieza en el conocimiento de la historia de la arquitectura, que no es un pasatiempo, ni una inquietud intelectual opcional, sino
una obligación profesional. Estoy convencido de que para un arquitecto conocer la historia es una responsabilidad; no se debería poder proyectar sin saber de dónde venimos, qué hubo antes, sin entender qué batallas ya se dieron y qué preguntas siguen abiertas.
La palabra “vacío” comienza a utilizarse en algún momento en nuestra jerga profesional con un sentido que es algo engañoso, porque este vacío no está vacío,
está lleno de vida, lleno de luces, de sombras, de sonidos, de visiones, de reflejos, de aromas, de juegos. Lleno de experiencias. Es el lugar en el que habitamos. La historia de la arquitectura moderna es, en gran medida, la historia de cómo generar lugares más diáfanos, fluidos y amplios, de hacer más espacio con menos recursos.
Cuanto más primitivos eran los recursos técnicos, más maciza debía ser la arquitectura. El primer ser humano que apiló piedras o troncos tuvo que construir pesado, grueso, compacto, porque no conocía principios estructurales ni disponía de tecnología. Desde entonces hasta hoy, la evolución ha sido constante: menos columnas, menos muros, más luces y mayores alturas. Lo que hoy llamamos vacío es, en realidad, el resultado de ese proceso.
La evolución de la arquitectura se dio con menos columnas, menos muros, más luces y mayores alturas.
La incorporación de espacios abiertos, dobles alturas, terrazas, patios, es consecuencia de la evolución del cambio de ritmo, del cambio de escala en nuestro trabajo, de trabajar en edificios de mayor impronta urbana. También los cambios de códigos de edificación y urbanísticos han modificado la manera de interpretar los volúmenes construibles y, por ende, las posibilidades de generar estos metros no tangibles.
Por eso, incorporar áreas vacías o intermedios no es una ocurrencia ni una moda. Es una posición disciplinar. Una forma de entender que todo lo que se construye “lleno” existe para potenciar esos lugares donde verdaderamente se habita.
Hoy,
esa lógica se vuelve estructurante: espacios centrales que organizan todo el proyecto, jardines interiores de dimensiones impensadas, vacíos alrededor de los cuales se articula el sentido completo de la obra.
Los criterios para definir dónde y cuánto vacío necesita un proyecto no son fórmulas fijas. Pero hay una lógica: priorizar los lugares que realmente se habitan —los estares, los comedores, las expansiones— y entender la relación del edificio con su entorno urbano. Y siempre, en paralelo, pensar cómo el edificio conversa con la ciudad.
El valor que aportan es múltiple, desde el simbólico —la amplitud siempre estuvo asociada al lujo, al confort, a la buena vida—, a un valor social y, inevitablemente, un valor económico. Aunque valor y precio no sean lo mismo, muchas veces el valor no se ve reflejado de inmediato sino después, cuando el edificio está construido y la experiencia espacial se vuelve evidente.
El gran desafío es sostener esta manera de entender la arquitectura en un contexto que empuja hacia la simplificación extrema, hacia la repetición segura, hacia la mediocridad eficiente. Mantenerse en pie frente a un mercado que cada vez estrangula más la posibilidad de escapar de las convenciones, de lo seguro, de lo que está claro que se va a vender fácil o que se podrá construir con simpleza.
Apostar por la calidad
vale la pena. No es gratis. Implica más esfuerzo, más incertidumbre, menos comodidad. Pero es la única forma de hacer arquitectura que tenga sentido.
Porque el vacío no surge.
Se decide.
(*) El autor es socio de la desarrolladora Grupo Uno en Uno.
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