España: pasar de 11.000 a 63.000 habitantes, la fórmula del pueblo que se convertirá en una gran ciudad
LOS GIGANTESCOS PLANES DE EXPANSIÓN DE LOS MUNICIPIOS ESPAÑOLES PARA ALBERGAR A LOS MADRILEÑOS EMPUJADOS FUERA DE LA CAPITAL RECUERDAN A LA FIEBRE DEL LADRILLO.
*16 de julio de 2026*
Brunete es un pueblo cercano a Madrid, en España. No hay duda de que es un pueblo. Situado a 30 kilómetros de la Puerta del Sol, la noción de “pueblo” puede incomodar a los municipios vecinos más grandes, pero los habitantes de Brunete la usan, algunos con orgullo y otros con resignación. Actualmente, vive aquí un total de 11.287 personas. No hay centro comercial, ni cines, ni discotecas, y el supermercado cerró hace cinco años, trasladándose al municipio vecino de Villanueva de la Cañada, más poblado y adinerado. Este cambio fue un golpe para los brunetenses. El alcalde intentó detener la fuga de habitantes, incluso solicitando una reunión con Juan Roig, presidente de Mercadona, pero sin éxito.
Sin embargo, esa vida tranquila —o aburrida, según a quién se pregunte— podría tener los días contados. El Ayuntamiento, bajo la dirección de la popular Mar Nicolás, ha rescatado un plan urbanístico diseñado en la era del boom del ladrillo que contempla la construcción de 17.572 viviendas. Tomando como referencia una media de tres personas por hogar, este proyecto permitiría la llegada de 52.000 nuevos vecinos.
La alcaldesa colocó en abril del año pasado la primera piedra de Nuevo Brunete; así se llama el proyecto. Desde ese momento, los trabajos han avanzado con la fase inicial de movimiento de tierras, el primer paso para transformar radicalmente esta localidad.
Lo que sucede en Brunete no es un caso aislado. En diferentes puntos de la región, municipios pequeños y medianos de Madrid están preparando planes para multiplicar su tamaño y absorber parte de la demanda residencial que Madrid capital no puede satisfacer debido a los altos precios. El Molar, con cerca de 10.000 habitantes, proyecta más de 5.300 viviendas; Paracuellos de Jarama ha aprobado 7.233 viviendas; y en Tres Cantos, la oposición teme que los desarrollos en fase de estudio acaben duplicando la población desordenadamente, alcanzando hasta 100.000 vecinos. La expansión metropolitana vuelve a tomar impulso.
Este impulso responde a una necesidad real: la escasez de vivienda asequible. No obstante, despierta recuerdos incómodos. Algunos de estos proyectos se gestaron durante la anterior burbuja inmobiliaria, quedaron congelados tras la crisis y ahora regresan en un contexto de fuerte presión demográfica y con un discurso político que imagina un Madrid cada vez más grande y competitivo a nivel global. Los ecologistas temen que la ley madrileña desregularizadora del suelo, prevista para fin de año, implique la pérdida de suelo natural, y los urbanistas advierten sobre la creación de nuevas ciudades dormitorio dependientes del automóvil.
“Los alcaldes han abierto las compuertas porque se han creído el discurso oficial del Madrid DF que va a competir con Miami, Nueva York o Londres”, critica Adolfo Rodríguez, activista de Ecologistas en Acción, citando el concepto popularizado hace dos años por el ensayista Fernando Caballero, quien sostiene que toda España se beneficiaría si la capital se convirtiera en una megalópolis de 10 millones de habitantes para competir con otras grandes ciudades globales.
De momento, la vida en Brunete ha cambiado poco. Los terrenos en obras limitan por el este con el casco urbano. Es la parte del municipio más cercana a Madrid capital. Desde el amanecer, camiones entran y salen de la zona donde se levantarán las viviendas. En las calles aledañas, han abierto varias inmobiliarias en el último año.
El centro de Brunete, caracterizado por sus casas blancas, podría confundirse con el de cualquier pueblo manchego. Todo gira en torno a la Plaza Mayor, donde se celebran las fiestas populares y se instala una pantalla gigante para ver los partidos de España en el Mundial. Después del almuerzo de un día de verano, la plaza está completamente desierta, interrumpida solo por el canto de los pájaros y el sonido de las campanas. Las cigüeñas han anidado en una torre de la iglesia.
LA OPINIÓN DE LOS VECINOS
A pocos metros, en el parque Luis Martín Granizo, tampoco hay mucho movimiento. Cuatro amigos pasan la tarde a la sombra. Las preguntas sobre el megaproyecto de Nuevo Brunete los animan. “Este es un pueblo aburrido”, afirma Sara Fernández, de 49 años. “Le hace falta un empujón”. Sara regentó un bar junto a su tío, pero tuvo que cerrarlo hace una década porque “los chicos se van a Madrid”.
“A ver, yo quiero que Brunete cambie, pero no desorbitadamente. Que conserve su entorno verde”, interviene Nacho Piera, de 33 años, que luce un mohicano teñido de rubio y dos aros en las orejas. Uno de sus pasatiempos hasta hace poco era salir con amigos por el campo a recoger setas y espárragos trigueros. Pasear o hacer deporte en la naturaleza es el ocio habitual de los brunetenses. A menudo se cruzan en el camino con sapos, conejos, zorros y jabalíes.
Álvaro José Fernández, de 34 años, prefiere que todo permanezca igual. Cree que Brunete corre el riesgo de convertirse en un nuevo Boadilla del Monte, donde vive actualmente. Este es el segundo municipio más rico de España, pero el desarrollo ha encarecido considerablemente el costo de vida. “Va a venir gente con dinero, y eso lo estropeará todo”, dice, acomodándose en una silla plegable. “Todo se va a masificar. Vamos a ir por la carretera viendo casas y casas”.
Cuando la alcaldesa inauguró Nuevo Brunete, celebró que estaban “construyendo un futuro de oportunidades para las familias, nuestros jóvenes, emprendedores y todos aquellos que creen en el potencial de nuestra localidad”. El plan incluye un 42,4% de vivienda protegida.
Los promotores defienden que un aumento tan significativo de la oferta ayudará a moderar los precios. Sin embargo, Álvaro y otros vecinos creen lo contrario. “Subirá el precio”, pronostica. Su argumento es claro: cuando el pueblo se convierta en una ciudad, con más servicios y opciones de ocio, despertará el interés de más personas y todo se encarecerá. “Lo más barato será irse a una aldea”.
Por ahora, vivir en Brunete es mucho más accesible que en Boadilla o Villanueva, los municipios más adinerados de los alrededores. Los pisos de segunda mano con piscina y garaje oscilan entre €200.000 y €400.000, y los chalés entre €500.000 y €700.000.
La gran incógnita es cuánto tiempo tardará Nuevo Brunete en convertirse en una realidad. El escepticismo es generalizado. Los vecinos llevan décadas escuchando sobre planes de expansión que terminaron descarrilando por diversas irregularidades y, más tarde, por la burbuja inmobiliaria.
La alcaldesa, que no ha atendido a EL PAÍS pese a reiterados intentos, ha indicado a un medio local que la construcción “irá espaciada en un plazo de 15 o 20 años”.
La oposición de izquierdas también reconoce la necesidad de crecimiento, pero teme que el municipio no esté preparado para hacerlo de forma sostenible. “Estos desarrollos son muy necesarios, pero no queremos que se repita lo de Boadilla, donde se generan atascos enormes”, dice José Manuel Hoyo, alcalde por el PSOE entre 2019 y 2023, y ahora concejal independiente.
La falta de transporte público se convierte en un desafío. Brunete no tiene conexión con Cercanías y los fines de semana ni siquiera hay colectivo que lleve a los habitantes al hospital del que dependen, el Puerta de Hierro, en Majadahonda. Muchos vecinos consideran que algunos servicios públicos ya son insuficientes, desde el centro de salud hasta la biblioteca.
“Aquí, el problema es que el crecimiento sea repentino y salvaje”, advierte David Izquierdo, portavoz de Ganemos Brunete (la plataforma de Podemos e Izquierda Unida). Izquierdo evoca los proyectos faraónicos que quedaron a medias tras la crisis de 2008: “No sabemos si vendrá una burbuja y todo se quedará a medio camino”.
También le preocupa perder el ambiente de pueblo. “Aquí la gente se saluda en la calle, son caras que ves a diario; eso se puede perder. Sería una pena”, dice, reflejando el deseo de muchos que se mudaron desde la capital en busca de una vida más tranquila. Ahora temen que Madrid vuelva a alcanzarlos.

