
El Fenómeno del Porno Inmobiliario
La mayoría de la gente quiere ver cómo viven los megamillonarios. En la actualidad, muchas de las series que se ven por streaming son consideradas de baja calidad. Sus tramas son absurdas y sus personajes, planas.
Llego a casa a las 23, después de dar una clase. Estoy agotada, pero no me puedo dormir. Tampoco estoy en condiciones de concentrarme para leer, así que busco en una plataforma de streaming algo para ver. La cantidad de opciones me abruma, sobre todo porque me doy cuenta de que la mayoría son basura.
Pero quizás basura es lo que mi cerebro necesita ahora, así que le doy play a *The Perfect Couple*. Ya la presentación me genera incomodidad: ¿qué quieren decir los productores con ese bailecito coreografiado de los personajes de la serie? Me da cringe.
Advierto que no esperes más que frivolidad y pases de magia inverosímiles. La serie cumple. Para empezar, nadie puede creer que Greer Winbury (el personaje que interpreta Nicole Kidman) pueda costearse esa vida en Nantucket gracias a sus novelas, por más best sellers que sean. Segundo, el intento de “crítica social” (leo que la serie fue concebida como “una sátira sobre las familias adineradas”) muere desde el momento en que la joven que viene de otra clase y va a casarse con el heredero, actúa con una ingenuidad y una fascinación por ese mundo que la transforma en una especie de Cenicienta fallida. Un culebrón, sí.
A pesar de todo, miro todos los episodios en una semana. No exigen nada de mí, puedo pintarme las uñas (si me las pintara) o barrer la habitación (si barriera) mientras veo pasar las imágenes sin prestar atención a los diálogos.
Las Casas de los Muy Ricos
¿Por qué lo hago? Todavía no lo sé, pero he sido capturada por lo que en inglés se llama “real estate porn”. Es una tendencia de los últimos años: la producción de series inanes sobre el mundo de los ricos, con tramas absurdas y personajes planos que solo se sostienen porque hay un 98.5% de la humanidad que quiere ver cómo viven los muy ricos, ese 1.5% de la población mundial que, según la IA, tiene fortunas valuadas en más de un millón de dólares.
Estas series focalizan sus escenas en los cambios de guardarropa, los restaurantes de lujo y, sobre todo, las casas de los ricos. Y así, una se encuentra pensando cómo pueden existir cocinas como ésas, con dos o tres islas y mesadas infinitas para preparar… un bowl con cereales. Y, por supuesto, donde está el “staff” (invisible), necesario para mantenerlas impolutas.
Leo en *The New Yorker* que esta fruición en torno al “porno inmobiliario” es la que está detrás de otros shows como *Your Friends and Neighbours* y *The Undoing*, y que parece haber reemplazado a las series sobre “gente común” que dominaron, por ejemplo, la década de los 2000s (tipo *The Office* o *House*).
¿Cuánto tiempo aguantaremos ver malos productos en los que no existe ningún personaje con el que podamos identificarnos? se pregunta la crítica de televisión I. Kang. Ojalá que no mucho más, pienso yo al leerla, porque estas series nos dicen algo horrible de la ideología que hoy domina al mundo.
Su promesa de mostrar el lado oscuro de la riqueza no se cumple: mucho mejor, para eso, una serie basada en Dickens. Estos productos son puro morbo aspiracional. Igual que el porno, no resisten más que una mirada desatenta, culposa, a escondidas.
Fuente: Betina González – Clarín

